
Lo que NO nos gusta de ellas..



No sé si tendré el oído más sensible porque pertenezco a una de las tantas minorías de este país -soy peruano- pero el asunto es que no puedo dejar de sentir profunda molestia cuando me enfrento a la generalización.
He escuchado demasiadas veces a demasiadas personas hablar con el cuerpo muy suelto de “los gringos de mierda” o, cuando son más diplomáticos, de los gringos, pero siempre con un apellido del tipo “es que los gringos son…”. Lo mismo hacen con mis correligionarios, con los árabes (a quienes ni siquiera tienen la decencia de llamarlos así, los llaman turcos), los peruanos, los homosexuales y tantos otros grupos específicos, aunque en estos casos hay un cierto nivel de discreción.
Si bien muchos piensan así, entienden que no se puede andar gritando por la calle contra algún grupo étnico, religioso o sexual sin exponerse a recibir un combo de vuelta. En cambio, con los gringos, no hay problema en meterlos a todos al mismo saco y tratarlos masiva y transversalmente de imperialistas, ignorantes, atropelladores, asesinos, fachos o materialistas.
A diferencia de otras nacionalidades, religiones o tipos de piel, en este caso al chileno le parece políticamente correcto hablar de esa manera y son pocas veces las que se reprime. Quiero dejar en claro que aunque siento gran admiración por ciertos aspectos de la cultura norteamericana, hay otros que me chocan; que esto no se trata de defensa corporativa ni siento el rasguño en alguna herida.
Lo que me preocupa es que si somos tan simplistas como para reducir a una nación de 308 millones de habitantes, 50 estados federados y nueve millones de kilómetros cuadrados a un mísero par de adjetivos,lo que realmente mostramos es que no tenemos idea de lo que hablamos, que ni siquiera imaginamos la impresionante heterogeneidad de ese pueblo, que se nos olvida que el alfabeto estadounidense va desde la C de Noam Chomsky hasta la P de Sarah Palin, y que nos faltan kilos de mundo, de lectura, de viajes, de informarnos, de abrir los ojos.
Pero, lejos, lo peor de todo, es que evidenciamos una ignorancia tan penosa como peligrosa. Bastan tres copetes, una discusión acalorada por Twitter o algún acontecimiento noticioso muy notorio para que el chileno prejuicioso y resentido (un problema absolutamente transversal) muestre la hilacha.
Ya sea quien mira de manera altanera al latino de países limítrofes y lo expresa en frases como “indios picantes”, el que reprueba una acción del ejército israelí y la transforma en “judíos de mierda” o quien ve en las noticias el caso de un sacerdote que abusó de un niño y lanza la frase “estos curas pedófilos”,nuestra pequeñez nos hace fascistas en potencia.
No quiero imaginarme qué pasaría si en este país tuviésemos una terrible crisis económica, parecida a la de Alemania post Primera Guerra Mundial. Qué fantasmas aparecerían y qué minorías serían elegidas como chivo expiatorio.
Mejor no esperar a que pase eso y tomar conciencia desde ahora con un simple ejemplo: ¿Tendría algún sentido que alguien nos gritara chileno de mierda? ¿Qué nos iguala a todos además de vivir en la misma tierra para que nos agrupen? ¿Qué tiene que ver el compasivo Cardenal Raúl Silva Henríquez con el homofóbico Cardenal Jorge Medina? ¿O Pablo Longueira con Gladys Marín ¿No es increíblemente estúpido generalizar?